Recordar la última vez que vio a su hija le costaba porque no reconocía en la hija que había visto a su hija. Sólo recordaba que hacía un par de días le había dicho que parecía un monstruo porque llevaba al cuello una bufanda de flecos que nunca le había gustado. A ella sólo le gustaban las bufandas que calcetaba su hija. Nunca le gustaron las bufandas que compraba hechas.
Su corazón empezó a latir a su manera. Tenía vida propia y le quitaba sangre o se la ponía en la cabeza. Pancracia sabía que estaba herida por la negra sombra. Poco tiempo le quedaba de vida. No pensaba en cuanto tiempo le restaba para dejar atrás un cuerpo rígido que no digería la comida como antes.
Se entristeció. Ella no tenía edad para morir. Debía seguir viviendo para reñirle a su hija, para criticar con sólo una mirada esos atuendos tan de la niña. Pero estaba cansada de caminar por un camino hacia ninguna parte. Se estaba acabando y lo sabía con sólo escuchar los latidos irregulares de su corazón. Y allí no estaba la niña para maldecir a la derecha entera mientras la obligaba a seguir viviendo en una lucha sin cuartel escondida en cuatro paredes proletarias. Las peleas de su niña siempre fueron absurdas, pensó Pancracia; mejor olvidarlas y centrar sus esfuerzos en respirar en aquella habitación cutre de la Residencia de Maiores de Oleiros en la que estaba pasando un mes, sólo un mes. Después regresaría a su casa a comer los flanes que en Oleiros no le daban.
Pancracia fue quedando dormida. Oía sin escuchar las voces procedentes del comedor de los moribundos. Pronto le traerían la cena, un puré que su hija decía que estaba quitado de las sobras de las potas. Hacía unos días su hija se había enfadado con las cuidadoras porque le daban sopa. El sueño fue venciéndola. Ya no se oían voces. Pancracia empezó a ver un camino por medio de los árboles del triste jardín sin flores. Se vio a ella misma andando. ¿Iba en camisón? No importaba. Allí no había nadie. Era como un paraíso venido a menos sin Adán ni Eva. Tampoco estaba Dios. Pancracia subió al puente más alto y consiguió tocar con sus dedos el sol. Se empezaba a acabar el invierno; al menos para ella. La rodeaban los pinos hasta abrazarla con un ramaje que nunca nadie había cortado. Se sintió libre.
Sólo le quedaba saltar al recuerdo. Mi niña, pensó. Su hija se iba a enfadar seguro. Diría que no era justo y sacaría de su repertorio toda su ira cristalizada en palabras. Los ricos y los pobres. A eso se reducía la ideología de la niña. Seguro que decía que había muerto porque era pobre y porque los médicos la habían matado. Pancracia estaba viviendo su última vez viva. Un adiós que seguía alargando mientras la noche caía en Oleiros.
Pareces un monstruo, le había dicho a la niña, cuando estaban sentadas en la habitación mirando como la lluvia torrencial de febrero caía sobre el jardín sin flores de la residencia. Se lo había dicho mientras le agarraba la bufanda marrón, la que nunca le había gustado. Pareces un monstruo. La niña se había reído y había cogido con sus manos las suyas. ¿Qué haría ahora sin ella?